Sabado 16 de Diciembre de 2017
Carina Cabo

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¿NO SOMOS NADA?

Realizan diamantes con las cenizas de los muertos como recuerdo familiar.


Estamos bastante acostumbrados a escuchar los beneficios de los avances científicos. La biotecnología, específicamente, es la que ha alcanzado límites desconocidos, hecho que beneficia, en general, a la sociedad y, en particular, a quiénes se le trasplanta un órgano clonado o a quienes no pueden tener hijos naturalmente, por ejemplo. Esta maravillosa posibilidad pareciera verse truncada cuando se escucha hablar de algunas cuestiones que parecieran inútiles para algunos. Cabe preguntarnos ¿hasta dónde queremos llegar los hombres?
La siguiente noticia plantea : “En Suiza, la empresa Algordanza recibe cada mes entre 40 y 50 urnas funerarias procedentes de todo el mundo, que luego serán convertidas en  piedras preciosas. “Quinientos gramos de cenizas bastan para hacer un diamante, en tanto que el cuerpo humano deja una media de 2,5 a 3 kg después de la cremación”, explica Rinaldo Willy, uno de los co-fundadores del laboratorio, donde las máquinas funcionan 24 horas al día  sin interrupción. Cada difunto puede generar unos 5 diamantes, para poderlos distribuir entre toda la familia. Primero convierten a presión el carbono en grafito. Luego son expuestos a 1.700 ºC, que transforman el grafito en diamantes artificiales. El color varía del azul oscuro hasta casi blanco. ´Es una elección respecto del reflejo de la personalidad´, comenta el autor de esta proeza. Una vez obtenido, el diamante bruto se pule y talla en la forma deseada por los familiares del fallecido, para después poder usarlo en un anillo o en un collar. El precio oscila entre 2.800 y 10.600 euros según el peso de la piedra (de 0,25 a 1 quilate). La industria del ´diamante humano está en plena expansión, con empresas instaladas en España, Rusia, Suiza, Ucrania y Estados Unidos´”.   
La Ética y el hombre
La Ética es la disciplina de la Filosofía que se ocupa de la moral. Etimológicamente la palabra ética significa "costumbre", es decir que la ética era el arte de las costumbres, o el arte del buen vivir, señala Rosana Kreimer. Aquel que actúa de acuerdo con la moral social será virtuoso y quién no, será inmoral. Por ello es erróneo hablar de amoral, ya que nadie se abstiene de la moral.
Si bien entre los hombres, hay un código moral común, un conjunto de normas que regulan la convivencia, las sociedades actuales tienden a ser pluralistas, donde no hay reglas uniformes para todos, sino que se adecuan a las creencias, valores y estilos de vida.
 Uno de los conceptos básicos de la Ética es el concepto de bien, que ha hecho correr ríos de tinta. Desde los comienzos mismos de la disciplina se aspiró a definirlo. Platón afirma que si bien nada de lo terreno encarna la idea de Bien en sí, así como ninguna persona encarna la misma Belleza, todo participa en mayor o menor medida del Bien y la Belleza. Son horizontes ideales más allá de los cuales nada puede ser concebido. Por último, Aristóteles consideraba que el fin del hombre es el bien supremo, la felicidad.
 En la Edad Media, el cristianismo, que en sus comienzos hará pie en la filosofía platónica, suplantará la idea de Bien por la idea de Dios.
En la historia de la disciplina, el giro copernicano lo dará Kant cuando afirma que la Ética tiene que ver fundamentalmente con los derechos del prójimo, con las acciones que es menester realizar por deber, aunque no guste ni convenga. Al decir de este filosofo, seré virtuoso si tengo en cuenta el derecho de los demás. Kant no reflexiona en el mismo contexto político que el filósofo de la antigüedad, en el siglo XVIII comprueba que no puede plantear la Ética tal como hicieron los antiguos. A su entender el único acto ético es el que resiste la universalización de la máxima que lo inspira a la que llama imperativo categórico. Se preocupó por plantear una ética que se sustente en el ser humano y no, como en la Edad Media, en Dios. La acción virtuosa es un fin en sí mismo. No hay premio en el final del camino.
La etica y la ciencia hoy
Hoy vivimos inmersos en un individualismo extremo, no hay normas universales que valgan para todos, no hay límites claros, y, además,   la ciencia se transforma en un arma de doble filo y el hombre no es capaz de tomar conciencia de sus limitaciones.
A diferencia de la Modernidad, Gilles Lipovetsky, dice que aquello que ha perdido vigencia en la segunda mitad del S XX es el deber. La obligación ya no es movilizadora de las conductas sino al contrario, ese rol lo desempeña la necesidad de satisfacción del deseo. La abnegación y el sacrificio ya no pesan como ideales de vida. En cambio se exaltan el bienestar, el ego y la satisfacción en el plano individual. El “efecto ético”, señala el autor, es una de las mejores manifestaciones del posdeber. Esta era se asienta en el conjunto de hedonismo, consumismo, individualismo que vive la cultura presente.   El hombre cree demasiado en sí mismo y los científicos, específicamente, en su capacidad de cambiar, incluso a la propia naturaleza.
Cabe plantearnos hasta dónde es capaz de llegar el hombre con sus deseos y si esta nueva forma de permanecer es sólo eso o es el miedo que siempre tuvo el hombre a enfrentarse a lo desconocido, lo que no puede tener entre sus manos.
 

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