Sabado 16 de Diciembre de 2017
Carina Cabo

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¿Para qué sirve la filosofía?

En Chile acusan a los profesores de filosofía de estar detrás de la violencia en las marchas. “Les llenan la cabeza de porquerías, para que salgan a tirar piedras

Hasta hace unas décadas la filosofía era un campo destinado para un selecto grupo académico cerrado. En estos días, nuevos pensadores ocupan este espacio; Deepak Chopra, Osho y Paulo Coelho, son los más demandados en el mundo por un público que recurre a ellos para comprender y enfrentar conflictos cotidianos. Sus libros baten récords y son best sellers y ganan éxito en tiempos en que nada parece brindar las respuestas que las personas buscan. Las consultas que antes se hacían a los curas en las confesiones y, más tarde, a los psicólogos en el diván, hoy son realizadas a estos filósofos de café. Quizás este cambio se deba a que todos pregonan la aplicación de los mismos valores: el amor, la amistad y la compasión, como una forma de encontrar y mejorar nuestro lugar en el mundo, a través de consejos simples para mejorar la vida cotidiana.
¿Qué es lo que ha sucedido en ese tiempo para provocar este giro copernicano?
Un indicio podría ser la que Alejandro Gándara decía en El País: "Hoy la filosofía viste y antes desnudaba. Antes era el peligro de transitar por un laberinto en el que nadie había puesto nombre a los demonios; hoy es un desfile de modelos, una pasarela con público selecto y precipicios cautamente almohadillados" aunque advirtiendo desde luego que "la desnudez clásica del sabio que se zambullía en este pozo de oscuridad que es el mundo y hacía alumbrar con luz, en los adentros del caos, ha sido reemplazada por el filósofo vestido, impoluto, de entre cuyas luces sólo brilla la del arco dorado de sus lentes". Ahora las cosas son de otra manera y muy pocos se acuerdan de la filosofía y de los filósofos tradicionales.
 
Históricamente la filosofía fue asociada con la inutilidad, aunque, suele afirmarse que la importancia y el prestigio de esta disciplina radica en su falta de utilidad. Esa "falta de utilidad" alude al carácter no teleológico de la actividad filosófica misma, al hecho de que no está centrada en un fin a conseguir sino que deja ir al pensar según su propia dinámica, pero no excluye que los resultados de ese saber puedan ser extraordinariamente útiles por sus implicaciones sociales, técnicas o culturales.
M. Galcerán no cree que la filosofía pueda definirse como una "actividad para ociosos", a pesar de que obviamente se la suele calificar de "abstracta". Señala que pensar es una actividad ligada a la percepción, al lenguaje y a la estructura del mundo y que nos permite orientarnos en él. “Ya estaba ahí cuando nacimos y es en él que necesitamos insertarnos”. Pensar significa darlo vueltas, ajustar los términos hasta que las relaciones queden más claras, hasta que ciertos nudos salten hechos pedazos, hasta que ciertas arquitecturas se desmoronen o se diluyan como el hielo que se funde con el calor y es también recordar o "poner sobre el tapete" la genealogía de las palabras que definen las relaciones fundamentales, usando para ello reglas de probada eficacia: la argumentación, el debate, la crítica, el análisis de los términos y los conceptos, la búsqueda de soluciones alternativas, el distanciamiento, la puesta en cuestión, la comprobación de viejas sentencias, la reflexión, etc. Parafraseando a Nietzsche, no sólo dios ha muerto, con él ha muerto el filósofo-rey, siempre con su receta a pedir de boca.
Ya no hay respuestas universales ni hay recetas válidas para todos. Rescatar las emociones básicas quizás sea el secreto de estos nuevos filósofos o pensadores. Una buena estrategia para encontrarle cada uno la utilidad a la filosofía es abrir la mirada para modificar una verdad anterior incompleta o mal formulada y, de esta manera, vivir feliz, que de eso se trata la vida.

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