Sabado 16 de Diciembre de 2017
Carina Cabo

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Moderno o posmoderno: he aquí la cuestión...

Para los alumnos de Filosofía del ISEF Nº 11

Cuando se intenta definir la sociedad en la que estamos inmersos, se suele escuchar la comparación entre Modernidad y Posmodernidad, como dos movimientos contrapuestos, dónde uno de ellos pareciera que encarnara la verdad absoluta.
Si nos remitimos a la Modernidad, debemos señalarla como aquel movimiento caracterizado por grandes cambios geográficos, científicos, políticos y culturales que marcó el inicio de una nueva visión del mundo. Los hombres que la representaron y se destacaron en sus disciplinas lograron dar un giro copernicano, instituyendo así una nueva mirada a la época.
El descubrimiento de América fue el hito que marcó el comienzo de esta nueva etapa. Cristobal Colón estudió durante treinta años algunas teorías griegas, de seiscientos  años antes de Cristo, que planteaban la esfericidad de la tierra y logró, con el apoyo económico de  la Corona española, no sólo verificarlo sino descubrir un nuevo continente.
Galileo y su nueva concepción de ciencia permitió, con la invención del telescopio, superar la teoría aristotélica que establecía la existencia de un mundo sublunar y otro supralunar formado, este último, por estrellas de cristal fijas en el cielo y con  luz propia, y corroborando, también,  la teoría heliocéntrica de Copérnico, que señalaba que la tierra gira alrededor del sol y sobre su propio eje. Este hecho  marcó un gran cambio en lo religioso ya que si el hombre era la máxima creación de Dios, como lo concebía el Papado y sus seguidores, cómo se  podría permitir pensar que la tierra sea un planeta más en el universo. Si bien Pedro Valdo, en el Siglo XII fue un precursor de las ideas opositoras al catolicismo, no logró el quiebre que Martín Lutero concretó, ayudado por la invención de la imprenta  a mediados del 1500, y, como consecuencia,  la libre interpretación de la Biblia.  El cisma protestante de Lutero y la reforma católica de Calvino, con luchas religiosas mediante, establecieron una nueva mirada al dogma católico, tan rigidizado durante la Edad Media.
La Revolución Francesa y sus ideas de fraternidad, igualdad y libertad, la revolución inglesa y la de EEUU  ayudaron a esta nueva cosmovisión. Grandes ideales o relatos, a decir de Lyotard en su libro La condición posmoderna, se instalaron en esa nueva sociedad prometiendo teóricamente un progreso indefinido, difícil de concretar en la práctica.
A partir de la década del 50 se fue configurando un nuevo movimiento, la posmodernidad,  caracterizado  como la era de las comunicaciones. Surge  una nueva sociedad automatizada y conectada, que le permitiría al hombre una nueva manera de concebir la libertad. Casas inteligentes, que abren y cierran sus puertas y ventanas automáticamente o canillas que riegan el jardín a la hora programada, microondas, freezers, aire acondicionado, computadoras personales que logran una intercomunicación permanente entre los hombres,  darían cuenta de una vida fácil de llevar y, por qué no más tranquila. Sin embargo, Gilles Lipovetzky, filósofo de origen polaco,  le llama a este momento hiper modernidad, más que posmodernidad, ya que lo caracteriza como  la fuga hacia delante, donde todo es exceso, exceso de consumo y exceso de tecnología y, sobretodo, crecimiento fuera de los límites. Este “tener todo”  llevaría a  la era del vacío, categoría que también propone este intelectual, y, como consecuencia, al crepúsculo del deber porque se ha llegado a un individualismo extremo, donde  cada vez se vive más comunicado con alguien que vive del otro lado del planeta (la aldea global de Mc Luhan) y, por el contrario no se conoce al vecino.
Modernidad y Posmodernidad no sólo no se contradicen, sino que se podrían buscar algunos puntos en común. El hombre siempre buscó su libertad, porque es el único ser, a diferencia de animales y plantas,  que puede proyectarse en el futuro. Sería interesante pensar si  las cirugías estéticas masivas fundamentando la cultura de la imagen, la anorexia y la bulimia como enfermedades representativas de la época, la falta de compromiso con el otro y la clonación de seres humanos, dentro de una sociedad manejada por la lógica del mercado y la lógica del consumo, le puede otorgar al hombre más libertad.
La respuesta a este planteo deberá buscarla cada uno, no por individualismo o por “el sálvese quién pueda” característico de esta época, sino, por el contrario, para que nadie quede excluido, para buscar respuestas entre todos, porque somos “todos” quiénes conformamos la sociedad. Sólo hay que tomarse el compromiso.

Carina Cabo de Donnet
Prof. en Filosofía y Pedagogía
Cientista de la educación.

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