Martes 21 de Noviembre de 2017
Carina Cabo

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Formar ciudadanos en el marco de la cultura


 


Durante mucho tiempo la cultura, en el sentido más amplio del término, ha permanecido por fuera del análisis económico. Sin embargo, desde hace algunos años,   los bienes culturales comenzaron a ser considerados como  factores centrales de los procesos de crecimiento, adquiriendo el tema una nueva dimensión.
Es imposible pensar en una mejora económica o social sin que  vayan a la par del crecimiento cultural debido a la importancia que este sector posee como instrumento de desarrollo y sostén de la memoria histórica.
León Repetur plantea que la irrupción de los estudios económicos en el tema y la  presencia de las industrias culturales, ha ido modificando la vieja concepción cerrada y minoritaria del debate en torno a la  que se sostenía respondiendo a la visión de cultura de elite, propia del Iluminismo en la cual  era vista como única y universal y propia de ciertos sectores sociales debido al acceso a los libros y a la ciencia.
     Hoy por hoy nadie pone en duda que la cultura, en todos sus formatos, constituye uno de los elementos esenciales de transformación de la realidad. Sin embargo, las políticas culturales contemporáneas se caracterizaron por la preocupación de acceso a los bienes simbólicos, pero no por la producción. Los productores, ofrecen sus obras pero tal vez no llegan más que a un círculo limitado. No obstante, si el producto consiguiera entrar en el mercado, abarcaría una órbita más amplia. Por ende, toda comunidad que produce, debe alternar los roles de emisor y receptor cultural.
     Para ello se necesitan a los distintos sectores sociales: personas, empresas y, obviamente, al Estado comprometidos con la cultura. Al decir de Tony Puig: el Estado debe entenderla como un medio que permite el fortalecimiento democrático y la participación ciudadana y, por ende,  su política debe ser relacional. Esto significa que le conviene ir alejándose paulatinamente de la ejecución de producciones, y transformarse en  articulador entre los fondos públicos destinados a la cultura y las empresas y  organizaciones. En este sentido el gestor cultural y las políticas culturales deben ser el resultado del conocimiento y reconocimiento del medio en la cual se da una cultura generando, algunas veces, tensión por los cruces de culturas y sus complejidades internas.
Por ende la intervención cultural deberá centrarse en el diálogo y la conexión con otras disciplinas que podrán hacer su aporte teórico y la interrelación con el contexto.
   Un debate serio entre los diferentes sectores, se torna necesario para garantizar la  inclusión de todos, acerca de la redistribución de los recursos que la sociedad genera, y la  seguridad de retribución de algún tipo a quien pueda producir  cultura.
    Algunos de los elementos claves para la configuración de una ciudadanía más comprometida,  son  la formación del artista y la financiación de la cultura que ahora cobran una importancia capital.
    Cabe plantearnos la responsabilidad que nos atañe a todos los que conformamos la sociedad y, además, qué compromiso es preciso para contribuir al aumento de su  bienestar.
     Invertir en cultura se ha tornado una necesidad a fin de formar ciudadanos concientes de su derecho inalienable a la cultura, como un medio que permite el fortalecimiento democrático y la participación ciudadana,  pero, también responsables no sólo en lo individual, sino y, por sobretodo, en lo social, dentro del rol que cada uno ha asumido en su comunidad.

© 2017 Carina Cabo www.carinacabo.com.ar