Sabado 16 de Diciembre de 2017
Carina Cabo

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Las relaciones humanas

La búsqueda de pareja hoy está teñida de características posmodernas. Elegir al otro por lo que muestra ser o por lo que tiene, viene a reemplazar, en algunos casos, "el gran amor".

 

 

 
Estamos insertos en una sociedad en la que el sujeto se va transformando en un individuo, en alguien incapaz de tomar decisiones y de actuar por sus propias convicciones. Un hombre que reflexionaba, que participaba, que tomaba conciencia de su entorno para poder cambiarlo está dando lugar a un hombre hedonista, individualista, consumista, donde todo se vuelve volátil,  permisivo y   banal, incluyendo las relaciones humanas.
  Un hombre  superficial, liviano, al que hace referencia Rojas en su libro El hombre light que ya no sostiene valores fuertes a lo largo de su vida, que ya no tiene creencias propias y que se vuelve indefenso en este nuevo tiempo está formando parte de  la era posmoderna, la era  del plástico,  prototipo del "usar y tirar", tan característicos de esta época.  Es un hombre libre, aunque sin brújula, porque  no sabe hacia adónde va.
 En estos tiempos el que triunfa para la sociedad es el que tiene fama, poder y/ o dinero, su mejor carta de presentación en su ambiente es su capital, sin importar cómo lo consiguió o a qué tuvo que renunciar en el camino para alcanzarlo. Es aquel que logra el bienestar y no la felicidad, esta última entendida como  un proyecto de vida, como la realización más completa de uno mismo.
 Este análisis de la postmodernidad también puede plantearse en las relaciones humanas, especialmente en el  amor, sentimiento que se comparte con alguien, en el que la vida tiene sentido en función de un otro. Leibniz, filósofo del siglo XVII, decía que amor es sentirse inclinado a alegrarse en la perfección y el bien del otro, en su felicidad.
          Hoy es posible conseguir pareja en el chat o en un programa de televisión, donde especialistas buscan a seres compatibles entre sí y dónde sólo se valora lo exterior. Ese otro pasa a ser un objeto de placer que está ahí para satisfacerme, afianzando el egoísmo y el consumo también en el sexo. Las relaciones entre hombres y mujeres pasan a ser superfluas y carentes de compromiso.

El otro como objeto

 Lipovetzky, en su obra La era del vacío, sostiene que se disuelve la confianza, que se legitima el placer y el reconocimiento de peticiones singulares y se modelan las instituciones en base a las aspiraciones individuales. Esto hace que todo sea relativo, que todo valga y que se pueda "usar y descartar" a alguien como se hace con la tarjeta de crédito. Estas relaciones intrascendentes y transitorias, típicas de nuestros días, se ven no sólo en adolescentes, sino también en adultos, donde se utiliza al otro para encuentros físicos, para "pasar el rato", buscando el bienestar y no la felicidad mencionada. La sexualidad light, y como consecuencia la pornografía, los teléfonos especializados en sexo, etc. sólo lleva a reducir a la persona a mero objeto, donde vale sólo si le sirve al otro, reduciéndolo a un simple cuerpo físico, sin deseos, sin intereses, sin emociones y sin sentimientos.
Zygmunt Bauman en su obra Amor líquido sostiene que el deseo ansía consumir, en cambio el amor ansía poseer. En cuanto la satisfacción del deseo es colindante con la aniquilación de su objeto, el amor crece con sus adquisiciones y se satisface con su durabilidad. El deseo es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de la alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es el impulso a vengar la afrenta y disipar la humillación. Es la compulsión de cerrar la brecha con la alteridad que atrae y repele, que seduce con la promesa de lo inexplorado e irrita con su evasiva y obstinada otredad.
El pensador afirma que lo que se puede consumir atrae, los desechos repelen. Después del deseo llega el momento de disponer de los desechos. Según parece, la eliminación de lo ajeno de la alteridad y el acto de deshacerse del seco caparazón se cristalizan en el júbilo de la satisfacción, condenado a desaparecer una vez que la tarea se ha realizado. En esencia, el deseo es un impulso de destrucción.
        Tal vez decir "deseo" sea demasiado. Como en los shoppings: los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, como lo ha expresado Harvey Ferguson, sino que compran por ganas. Lleva tiempo sembrar, cultivar y alimentar el deseo, un tiempo insoportablemente largo según los parámetros de una cultura que promueve  la "satisfacción instantánea" El deseo necesita tiempo para germinar, crecer y madurar.                           
             A los gerentes de los centros comerciales, los accionistas no les han dado ese tiempo, pero tampoco quieren dejar que la decisión de compra sea determinada por motivos que surgen y maduran arbitrariamente, ni abandonar su cultivo en las manos inexpertas y poco confiables de los compradores. Todos los motivos necesarios para que los compradores compren deben surgir de inmediato, mientras caminan por el centro de compras. Y también deben morir de inmediato, gracias a un suicidio asistido, en la mayoría de los casos, una vez que han cumplido su cometido. Su expectativa de vida se reduce al tiempo que le lleva a los compradores recorrer el shopping desde la entrada hasta la salida.
               En nuestros días, los centros de compras suelen ser diseñados teniendo en cuenta la rápida aparición y la veloz extinción de las ganas, y no considerando el engorroso y lento cultivo y maduración del deseo. El único deseo que debe emanar de una visita al centro de compras es el de repetir, una y otra vez, el jubiloso momento en que uno "se deja llevar" y permite que su propio anhelo dirija la escena sin ningún libreto prefijado. En el caso de las parejas, y especialmente de las parejas sexuales, satisfacer las ganas en vez de un deseo implica dejar la puerta abierta "a otras posibilidades románticas".
            Cuando la relación está inspirada por las ganas, sigue la pauta del consumo y sólo requiere la destreza de un consumidor promedio, moderadamente experimentado. Al igual que otros productos, la relación es para consumo inmediato, no requiere una preparación adicional ni prolongada. Primordial y fundamentalmente, es descartable.
            Como en el shopping los productos, si resultan defectuosos o no son "plenamente satisfactorios", pueden cambiarse por otros, que se suponen más satisfactorios, aun cuando no se haya ofrecido un servicio de postventa y la transacción no haya incluido la garantía de devolución del dinero. Pero aun en el caso de que el producto cumpla con lo prometido, ningún producto es de uso extendido: después de todo, autos, computadoras o teléfonos celulares perfectamente usables y que funcionan relativamente bien van a engrosar la pila de desechos con pocos o ningún escrúpulo en el momento en que sus "versiones nuevas y mejoradas" aparecen en el mercado y se convierten en comidilla de todo el mundo. ¿Acaso hay una razón para que las relaciones de pareja sean una excepción a la regla?


Esta visión es afianzada desde algunos medios de comunicación, especialmente la televisión e Internet, que  llegan a todos, aunque no todos están preparados, principalmente niños y algunos jóvenes, ni psicológica ni educativamente, para recibir determinada información, especialmente en la forma caótica que muy a menudo llega.
Dentro de esta mirada, pareciera que es necesaria la liquidez para seguir sobreviviendo porque  la solidez y la durabilidad resultarían insoportables.

El otro como sujeto

Esta cultura light, esta glorificación de lo superficial y esta incertidumbre de las circunstancias que nos rodean muchas veces impiden buscar criterios consistentes o tomar conciencia del entorno para poder emerger, para poder encontrarse con los otros de la manera más profunda y más sana.
El compromiso es resultado de otras cosas: del grado de satisfacción que  provoca la relación, de  ver para ella una alternativa viable, y si la posibilidad de abandonarla  causará la pérdida de alguna inversión importante: hijos, tiempo, dinero, experiencias compartidas... 
Quizás fallen los mediadores sociales, pero no fallemos nosotros. Cada uno sabe o debe hacer un esfuerzo por saber qué quiere para su propia vida y a partir de allí podrá ver al otro, amigo/ a, novio/ a, esposo/ a, como un sujeto que espera se lo trate como tal. Sólo hay que tomarse el compromiso, que no es poco.
Tomar conciencia de las relaciones de pareja es mirar más allá... Al decir de las palabras de El principito: "Sólo se conocen las cosas que se domestican... Hay que ser muy paciente, te sentarás al principio un poco lejos de mi, así en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada...pero cada día podrás sentarte un poco más cerca... Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuánto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad!...
...no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos". ¿ Y quién se animaría a contradecir a Antoine de Saint- Exupéry?

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