Sabado 16 de Diciembre de 2017
Carina Cabo

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Comenzar las clases: una tarea difícil



 

Terminar las vacaciones no es fácil, no sólo para los niños, sino también para los padres. Implica un volver a hacerse cargo de horarios, actividades y espacios que se dejaron de lado casi tres meses atrás.
El Ps. Juan Carabajal señalaba, semanas atrás en un Suplemento del diario La Capital de Rosario, que el adulto frente al reintegro al mundo del trabajo, luego del período de vacaciones, necesita una suerte de adecuación que redunda en un sobreesfuerzo físico y mental, síndrome que los especialistas lo llaman estrés posvacacional, cuyos síntomas son: fatiga, sentimiento de tristeza y añoranza del tiempo pasado, falta de apetito, molestias estomacales, pérdida de interés, procesos de pensamiento lentificado, falta de concentración y creatividad, entre otros. Por qué no pensar que esto puede ser vivido de similar manera por los chicos..
Si como adultos vamos preparando el terreno para que el período de descanso vaya quedando atrás, dando lugar a otro período más productivo ayudará a que los niños lo vivan de una manera más serena. La clave está en la actitud que adopten los adultos ante el nerviosismo que sienten los niños frente a lo desconocido.
Muchas veces, un chico con tendencia a ser muy cumplidor puede verse sobrepasado por un largo listado de demandas de principios de clases y querer cumplir con todo lo solicitado, provocándole  angustia si no lleva tal  libro o cumple con determinada tarea o por no poder satisfacer todas las expectativas del nuevo docente. El adulto es quien deberá frenar y explicar al menor que es más adecuado hacer cada cosa en su debido momento y en forma gradual.
Laura Duschatzky señala que nos colmamos de "anticipaciones" que, a manera de una película cuyo final ya conocemos, dejan poco espacio para un encuentro genuino entre docentes y alumnos. Sería imposible impedir que algunas de estas percepciones nos atraviesen. Pero vale la pena pensar los efectos poco productivos que muchas de ellas generan. Por un lado, porque expresan generalizaciones que nos alejan de la situación concreta que vivimos. Solemos decir: todos los alumnos... todos los docentes.... Parafraseando a Oliverio Girondo, las generalizaciones nos tejen telarañas en las pupilas, que velan lo singular, empobrecen la mirada y nos restan la posibilidad de reconocer en los otros su potencialidad. Por el otro, estas percepciones producen rótulos que condicionan nuestro modo de actuar. Si antes de entrar en el aula ya traemos prejuicios, nos predisponemos a que nuestra tarea se vuelva de antemano casi un imposible y nos vamos alejando de lo mejor de nosotros para conectarnos más con la frustración y menos con nuestra propia potencia y la de los demás.

Ayudar a retomar...
El comienzo de las clases es un momento crucial para el entorno familiar. Implica cambios de rutinas y nuevas ansiedades que algunas veces los adultos transmiten a los niños pensando que los ayudarán frente al  ingreso a la escuela. Si se toman precauciones, las familias pueden vivir sin angustias y disfrutar de la transición del tiempo de ocio a la rutina escolar.
Para que no sea vivido como un momento rígido, brusco, algunas de las pautas a seguir podrían ser: conversar con los niños sobre los cambios que deberán afrontar  y sobre  los horarios en los que se deberán levantar, hacer las tareas, jugar, mirar la TV o ir a dormir ya que un nuevo ritmo de vida les demandará un esfuerzo diferente al realizado durante el verano. Convendría también visitar la escuela, mucho más aún si es la primera vez que irán a ella, recorrerla juntos, conocer los patios, las aulas, saber quién será la maestra para poder disminuir la ansiedad que esto pueda generar. También en familia, preparar la mochila y la ropa requerida por el colegio hablando continuamente de esta nueva etapa que se inicia. Y, por qué no, contarles algunos de los propios miedos o experiencias que como alumnos todos hemos pasado.
Dormir bien, desayunar con tiempo, volver a los hábitos normales, a practicar el deporte elegido, a la rutina que se dejó en diciembre, requiere de un esfuerzo de los chicos y de los padres.
 Sin embargo, si se mantienen ciertas actividades que se practicaban en el verano, si se permite a los niños seguir con las amistades que nacieron en algún viaje, si gradualmente se realizaron la tareas encomendadas por la maestra del año anterior, el nuevo período será vivido de forma progresiva e imperceptible para el niño.
El diálogo con ellos sobre el cambio que están afrontando es una herramienta que podrá servir para demostrarles que un etapa que empieza, implica ir dejando atrás otra no menos fructífera, y, en definitiva, hacerles ver que crecer cuesta trabajo.


 

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