Martes 21 de Noviembre de 2017
Carina Cabo

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Los centros comerciales

La maratónica compra de regalos navideños realizada por la mayoría en esta última quincena refleja como en un espejo el anhelo de poseer ciertas cosas materiales, también simbólicas, representando el


 

Los días pasados fueron blanco de un consumismo extremo, mediado por la Navidad cada vez más alejada de su significado de origen. Bastaba sólo recorrida por los centros comerciales para comprobar la ¿necesidad? de la gente de acceder a los objetos que ofrecían, obviamente sin dejar de mencionar los "happy hour" que mostraban la "desesperación" para lograr el objetivo de los locales: consumir.
Beatriz Sarlo, en el artículo "El Centro comercial" explica que en muchas ciudades no existe un "centro", un lugar geográfico preciso, marcado por monumentos, cruces de ciertas avenidas, teatros o cines. En otros tiempos se discutía si el "centro" terminaba en tal calle, pero nadie discutía su existencia. Se iba al "centro" desde los barrios como una actividad especial, como salida nocturna, como expedición de compras, o, simplemente, para estar en el centro.
Hoy por hoy, ir al centro no es lo mismo que ir al shopping-center. En primer lugar, por el paisaje, ya que no importa cuál sea su tipología arquitectónica, es un simulacro de ciudad de servicios en miniatura, donde todos los extremos de lo urbano han sido liquidados: la intemperie, el claroscuro, producto de la colisión de luces, la gran escala producida por los edificios de varios pisos, los monumentos que eran los signos más poderosos del texto urbano o la proliferación de escritos de dimensiones gigantescas.  Estos rasgos, producidos a veces por el azar y otras por el diseño, son o fueron la marca de una identidad urbana.
En cierto punto, todos los shopping-centers son iguales. Como en una nave espacial, compara B. Sarlo, es posible realizar todas las actividades de la vida: se come, se bebe, se descansa y se consumen símbolos y objetos, pero también, se pierde con facilidad el sentido de la orientación: lo que se ve desde un punto es tan parecido a lo que se ve desde el opuesto. De todas formas, eso, saber dónde se está en cada momento, carece de importancia. Esto hace que tenga una relación indiferente con lo que lo rodea. La ciudad no existe para el shopping, que ha sido construido para remplazarla. Éste olvida sus alrededores; no sólo cierra su recinto a las vistas de afuera, sino que irrumpe, como caído del cielo, en una manzana de la ciudad a la que ignora.
La constancia de las marcas internacionales y de las mercancías se suman a la uniformidad de un espacio sin cualidades: un vuelo interplanetario a Cacharel, Fiorucci, Nasa, Cristian Dior y McDonald's, en una nave fletada bajo la insignia de los colores unidos de las etiquetas del mundo. Allí la temperatura es benigna, las luces son funcionales y no entran en el conflicto del claroscuro, que siempre puede resultar amenazador. Pero a diferencia de las cápsulas espaciales, señala la autora, los shoppings cierran sus muros a las perspectivas exteriores. Como en los casinos de Las Vegas, el día y la noche no se diferencian: el tiempo no pasa, o el tiempo que pasa es  un tiempo sin cualidades.
Y si bien el shopping muchas veces ocupa un espacio marcado por la historia como el reciclaje de viejos edificios, por ejemplo, lo usa como decoración y no como arquitectura, ya que el  shopping es todo futuro: construye nuevos hábitos, se convierte en punto de referencia, acomoda la ciudad a su presencia, acostumbra a la gente a funcionar en él.
El shopping es un artefacto perfectamente adecuado a la hipótesis del nomadismo contemporáneo: cualquiera que lo haya recorrido alguna vez puede recorrer otro en una ciudad diferente y extraña de la que ni siquiera conozca la lengua o las costumbres. Después de una travesía por un lugar desconocido, el shopping es un oasis donde todo marcha exactamente como en casa. Cuando el espacio extranjero, a fuerza de incomunicación, amenaza como un desierto,  ofrece el paliativo de su familiaridad.
Pareciera, en principio, que no hay exclusión ya que todos acceden. Sin embargo cierto sector social va los fines de semana, a modo de paseo, cuando otro sector prefiere  estar en otra parte. El mismo espacio cambia con las horas y los días, mostrando esa cualidad transocial que, según algunos, marcaría a fuego el viraje de la posmodernidad.
Además el shopping presenta el espejo de una crisis del espacio público donde es difícil construir sentidos. La publicidad de Nokia, por ejemplo, reza: "una gran desilusión se compensa con un regalo". Cabría preguntarse si todos los inconvenientes que enfrentamos a diario pueden tener tan fácil solución.
Si la maratón realizada por la mayoría  en esta última quincena refleja como en un espejo el anhelo de poseer ciertas cosas materiales,  también simbólicas, representando el "soy en cuanto tengo", sería el pasaporte a que el otro me valore según lo que poseo. En esa búsqueda es cuando el hombre  puede caer en el consumismo, entendido como el exceso de consumo, transformando al sujeto en individuo, al ciudadano en consumidor, que vive por y para los demás, adoptando reglas, valores, prestigios de referentes ajenos a su manera de pensar.
El consumo no sólo es ineludible sino que es  necesario, sólo se debería tratar de ir tomando conciencia de los procesos que se van  dando en la sociedad, de los mecanismos que se operan para que el sujeto deje de ser tal para convertirlo en un individuo consumista.
Más allá de la satisfacción de las necesidades y de los gustos personales, la responsabilidad individual será la base para convertirse en  sujetos críticos capaces de elegir lo que más le conviene  a cada uno.

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