Sabado 16 de Diciembre de 2017
Carina Cabo

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Educar: la tarea pendiente

El contrato fundacional entre escuela y sociedad


La función de la escuela y el compromiso docente

La educación es la columna vertebral de todos los procesos que conforman la sociedad. Este es un consenso internacional, pero aún queda mucho por hacer para garantizar la satisfacción de las necesidades básicas educativas para todos.

En Latinoamérica, el analfabetismo representa uno de los problemas más importantes a resolver. Si bien Argentina tiene uno de los índices más bajos de la región, las cifras son alarmantes. Según el último censo del Indec, más de 960.000 argentinos nunca fueron a la escuela. A este cuadro se suma otro fenómeno preocupante: 3.695.830 argentinos nunca terminaron la educación primaria y pasan a integrar, por lo tanto, la categoría de "analfabetos funcionales", es decir, aquellos que no tienen la capacidad de comprender lo que leen ni de expresarse con claridad tanto en forma verbal como  escrita. Incluso, ya se habla, de "analfabetos académicos", es decir,  de aquellos ingresantes en la Universidad que no pueden comprender, argumentar o entender una consigna.                Hasta hace unos años hablar de contextos de pobreza era hablar de marginalidad, de zonas desfavorables, de escuelas rurales o de villas. En estos días más del 50% de la población pertenece a dicho contexto, incluyendo, muchas veces, a los docentes que conforman la comunidad educativa, pertenecientes a una sociedad desplomada o lo que es peor, implosionada. El aumento progresivo del desempleo, subempleo y precarización laboral dan cuenta de una tendencia del empobrecimiento colectivo. Entonces nos urge repensar esta categoría: contexto de pobreza, pero no como factor limitante de las posibilidades de educar, sino como posibilidad de incorporar a la escuela como lugar de construcción de un espacio dentro de lo público.

El contrato fundacional entre escuela y sociedad
            
Desde fines del siglo XIX en adelante, la escuela fue asociada al progreso de las naciones y a la movilidad social individual, posibilitando la educación la transformación de las sociedades. La ley 1420, promulgada en 1884, fue el instrumento de integración para la construcción de una nueva Argentina. Pero el mandato fundacional homogeneizador que organizó el sistema educativo sufrió un quiebre, resultado de las políticas educativas actuales. Producto de esto, la escuela ha debido priorizar tareas asistenciales, trascendiendo su actividad específica el mundo de las aulas y debiendo encontrar en otros espacios, en el comedor, por ejemplo, la posibilidad de llevar a cabo la experiencia escolar. La escuela está cambiando, con funciones sociales y con nuevos roles que se vienen cumpliendo hace muchos años.
La mal llamada descentralización educativa dejó a la educación atada a los vaivenes económicos y políticos de cada provincia e inserta en  un contexto general de pobreza y marginalidad. Un ejemplo de esto es la diferencia entre la Pcia de Buenos  Aires donde el analfabetismo llega al 0,5%, inferior al de España, pero en provincias como Misiones, Corrientes o Santiago del Estero rondan el 6% o en El Chaco la cifra se eleva al 9 %.
 Estos datos cuantitativos  muestran  una de las caras más ocultas y preocupantes de la exclusión social en el país. Como respuesta a estos números, el ministro de Educación, Daniel Filmus, planteó que se debe profundizar el trabajo en la contención familiar, en el apoyo económico, a través de becas y libros y, fundamentalmente, en lo pedagógico.
Si bien en estos días, conviven experiencias disímiles de alfabetización, que ya no se agota en enseñar a leer, escribir y calcular, sino que consiste en preparar a una persona para que regrese al sistema educativo, devolverle confianza en sus saberes, tomar conciencia de sus derechos, aprender el manejo de la tecnología y una serie de habilidades para tomar decisiones de manera autónoma, esto no alcanza. En septiembre próximo pasado el Gobierno lanzó un Programa Nacional de Alfabetización y Terminalidad de la escolaridad básica, que combina programas televisivos , de radio, videos,  que funciona a partir de convenios con las provincias y ONG y sobre la base de una red de voluntarios.


Incluso, en estos días algunas minorías étnicas, como los mapuches,     recibirán materiales didácticos y útiles escolares para aprender a leer y escribir en su propia lengua. Según el convenio que firmaron con representantes del pueblo mapuche en la localidad neuquina de Chos Malal, el ministro de Educación, Daniel Filmus, se comprometió a entregar materiales bilingües y elementos para la alfabetización de los mapuches en su idioma. Además, se firmaron acuerdos con varias organizaciones civiles locales para instrumentar el Programa Nacional de Alfabetización. Ellas se encargarán de seleccionar a los alfabetizadores, inscribir a los asistentes y habilitar espacios para las clases, y el Gobierno enviará materiales de apoyo y asistencia

Pero, en realidad, como dijo Filmus,  falta  una política nacional de educación de adultos, faltan políticas específicas  y falta mejorar en la legislación el deber del Estado de proveer educación para toda la vida. Todo este accionar es  un punto de partida muy importante, pero son prácticas aisladas o regionalizadas que no llegan a todos. Desde 1989 no existen en el país políticas nacionales para enfrentar el fenómeno del analfabetismo, que quedó así sujeto a iniciativas aisladas, impulsadas por algunos gobiernos provinciales y organizaciones sociales y comunitarias.

La función de la escuela y el compromiso docente

 Muchas veces resulta fácil reducir el analfabetismo a un problema educativo, pero va mucho más allá porque la escuela no actúa en el vacío, sino en medio de condicionamientos sociales y culturales.
Ahora bien, ¿qué hacer desde la escuela? ¿Cómo compensar, en algunas horas de clase, los efectos de la nutrición deficiente, de familias golpeadas por la desocupación y el riesgo social?.
Si bien en las escuelas hay docentes con  conocimientos disciplinarios, pedagógicos y didácticos muy fuertes  y alumnos con amplios saberes de la vida cotidiana, a veces, los maestros  no pueden  retrabajarlos y/ o retomarlos en el aula. Entonces,  ante tal situación, ¿se aísla la escuela con sus conocimientos, dentro de un escenario conservador, viendo lo que le es ajeno  como un mal social? O ¿se debe achicar el espacio entre la brecha sociocultural y  generacional a través de  la construcción conjunta con los alumnos?

Hoy la escuela está cambiando, está siendo repensada, cuestionada, para intentar encontrar el sentido que parece haber perdido. Por lo cual se torna necesario analizar seriamente la situación de los niños que concurren a la escuela, esto implica no descontextualizarlos de su historia, de la historia en la que se hallan ellos y los propios docentes inmersos. Cada persona, en su historia y experiencia únicas, son una fuente de riqueza que no puede ser librada al azar, por ello es necesario otorgarle el lugar pedagógico pertinente. Esto implica pensar a cada una de nuestras escuelas como lugar donde conviven distintas culturas que comparten el mismo escenario, como entidades diferentes entre sí porque son diferentes los sujetos que le dieron sentido.
Ser docente hoy es un gran desafío. Implica profunda especialización aunque con escasos recursos para realizarlo, implica estar atentos a todo lo que suceda a alrededor, aunque, a veces, sin posibilidad de dar respuesta a lo que sucede y, por último,  implica ser profesional, con lo que la palabra significa, sin que nadie, incluso los propios docentes, se consideren como tal.
Pero, además de pensar cuál es la función de los docentes, se torna necesario habilitar a toda la sociedad a encontrar caminos alternativos, a ser protagonistas en instituciones y organizaciones, creando espacios de intercambios y reflexión conjunta entre todos los miembros de la comunidad, obviamente sin renunciar a la tarea indelegable del Estado. Estado que representa la posibilidad de un lazo social que asegura la organización social.
 Por ende, es de vital importancia que maestros, profesores, padres, alumnos y representantes del Estado revaloricen el lugar de la escuela y de quienes allí enseñan. Los analfabetos no son más que  víctimas de un sistema que los excluye. El día que comprendamos que la educación es una herramienta de transformación social, de democratización y de desarrollo económico nos haremos cargo de los que nos toca  a cada uno como ciudadano.

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